La Coctelera

Alina Blues

Televisión, audiencias y literaturas

18 Enero 2008

Sr. Bassat, escríbanos el himno

Alina Blues, perdida siempre en disquisiciones teóricas sobre la espuma de los días y la ontología de la cerveza, aterriza en la realidad de los medios y se entera de que alguien pretende endosar una letra al himno nacional de su tercera o cuarta patria -ya perdió la cuenta-, y en rápida metamorfosis se hace arbitrista de tan grave cuestión de estado.

No, no y no. En primer lugar, la humanidad civilizada ya tiene letra para todos sus himnos, cualquiera que sea el rincón de la tierra donde habite. Vale, está en gabacho pero se puede canturrear por lo bajini mientras suena cualquier música trufada de nacionalistas sentimientos, en especial cuando llega eso tan bonito de “liberté, liberté, chérie”.

Luego está el respeto a la tradición de una música -¿se confirmó ya si es de Haydn?- que nunca ha tenido letra y quizá no la necesite ¿Alguien se atrevería a poner palabras sobre la obertura de las Variaciones Goldberg? El silencio estrófico del himno es nuestro hecho diferencial.

Además, sería preciso que la letra ideal se tradujera a, rimara con y se acompasase en las cuatro o cinco lenguas oficiales del estado. Con el catalán y el gallego se antoja sencillo el hallazgo de finales de versos cuasi compatibles, pero con el éuscaro la misión es filológicamente imposible. A no ser que en algún lugar de la Mancha exista un políglota que piense las rimas desde el origen materno en todas las modalidades lingüísticas del imperio.

Más allá están las jodas. Cuando los colegios franquistas intentaban enseñar la letra patriótica de Pemán, poeta eximio, los chicos improvisaban de inmediato su gamberra alternativa (burro, cazurro podenco, etc. o aquella musical descripción de la blancura trasera del caudillo). Deben los promotores analizar con cuidado tales peligros ­en una época de programas de zapping y malvadas sátiras en ‘El Jueves’. Por supuesto, son posibles las parodias del silencio, pero resultan complicadas.

Además, versos como el de Pemán sobre las “veinte naciones que coronan tu sien” estallan en metáforas inmanejables cuando el himno de una de esas naciones tiene, a su vez, rendido un león a sus plantas, y otra ciñe sus sienes no con países sino con olivas. Qué líos anatómicos, qué cuadros a costa de la mezcla de patriotismos en estos tiempos mestizos y sin patria.

El vivificante espectro de Pemán sugiere que quizá fuera astuto encargar la letra a algún poeta laureado contemporáneo, si es que alguno sobrevive. Mas no, oh problema, las cuadras político-editoriales del país andarían a la greña por la elección de la pluma. Imaginen los editoriales de ‘El Mundo’ si se optase por un escriba a sueldo de Alfaguara. Imposible el consenso nacional por la vía de la flor natural.

Otra solución probabilista es que la princesa Helena, desde su alta perspectiva elísea, realice un pequeño esfuerzo y desempolve sus poemas adolescentes, ahora que está sola en casa, por ver si hay algún verso aprovechable. Con tal gesto ganaría hondas simpatías entre los republicanos que no soportamos el tostón cuartelario y sudoroso del ‘Himno de Riego’ y que siempre hemos visto en ella a la tocapelotas Sarkozyna de la monarquía hispana. Pero, ¿y si en el principesco archivo sólo aparecen hojas con traducciones de poemas de Pierre Louys y corazones dibujados con biros de cuatricomía?

En definitiva, si alguien desea que la ‘Marcha real’ resuene como una sola voz cuando Gassol y Navarro ganen el oro olímpico en Pekín, la opción más inteligente es encomendar el trabajo a un profesional. Y sin duda los contemporáneos que mejor saben conciliar los acuerdos y sentimientos de tantos pueblos, lenguas y generaciones son los buenos publicistas, esos tipos capaces de sacar a un club de fútbol del infierno, de lograr que un país tararee el ‘Pigliate na Pastiglia’ de Carosone, y de promover que cualquiera saque la manita alada por la ventanilla de su seat panda con plácida sensación de felicidad boluda.

Si es necesario que el himno tenga una letra, que el señor Bassat o la señora Rushmore se encarguen del asunto: sólo un algo de investigación cualitativa y unos creativos gauchos inspirados pueden construir una letra aceptable para canturrearla tras las victorias de Fernando Alonso, al menos durante algunos años hasta que se pierda por antigua u hortera. De lo contrario puede ocurrir lo mismo que en aquel memorable episodio de ‘South Park’ en el que por no molestar las creencias de minoría alguna se consagra la navidad al señor Mojón. Y sobre todo que la señora Sgae, tan amada en los medios digitales, se mantenga al margen de los sentimientos y se limite a cobrar en las bodas sólo por ese himno paralelo que es ‘Suspiros de España’.

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16 Noviembre 2007

El Cigarrillo de Pessoa

Alina Blues, epistemóloga perezosa de las frígidas estepas audiovisuales, fuma camellos azules y se pierde en las nieblas del otoño de Lisboa mientras diseña una investigación cualitativa que proveerá a sus jefes y clientes de un paquete de claves estratégicas (eso creen ellos) acerca de los patrones de adopción de nuevas tecnologías de comunicación por parte de los ciudadanos.

El estudio será medianamente ambicioso y se realizará sobre al menos doce grupos de discusión en toda la península, pues el cliente es una importante compañía global de nombre etéreo y cuyo quinto apellido es ‘Ibérica’. No es habitual: muchos proyectos de este tipo se apoyan en sólo cuatro o cinco grupos para ahorrar costes y complejidades.

Alina sabe que muchos cualitativos han salido adelante con apenas uno o dos ‘focus groups’ -pronúnciese todo seguido-. Las barbas de don José Bugeda y los viejos metodólogos de la universidad se rizan de espanto en el cielo furtivo de la sociología donde Weber cuenta batallitas, mas el negocio es el negocio.

Tampoco es normal que quienes manejan los fondos de investigación de márketing confíen en demasía en el poder de las herramientas cualitativas. Emplean éstas para testar un perfume o el piloto de una serie televisiva, pero en general prefieren encuestas aunque los objetos sean vaporosos y conceptuales, incluidas las simpatías políticas. Como se sabe, los porcentajes hablan el mismo lenguaje numérico que los euros y los votos.

Los defensores del estilo cualitativo de investigación creen que las actitudes, valores y representaciones que brotan en los grupos cual nemorosos arroyuelos significantes, les acercarán a la propiedad de los sujetos. En su fantasía, éstos son pequeños faustos dispuestos a largar como cotorras en un confesionario freudiano a cambio de un cheque del corte inglés y la vaga promesa de la eterna satisfacción de sus apetitos consumistas.

A muchos comitentes les encanta asistir de tapadillo a las reuniones de grupo. Se sitúan tras un cristal obscuro o circuito cerrado de vídeo que recuerda los interrogatorios de las películas, y sienten allí la primaria emoción voyeur de observar el caldo de fondo de la realidad: deliran con la imagen de ciudadanos en su salsa cuyo ser rezuma ideas profundas como la grasilla de un torrezno. En su visión de los sujetos observados, los sutiles matices del espíritu y el mercado se mezclan en el wok tiznado del saber social.

Además, los aficionados a los estudios cualitativos prosiguen por su cuenta la alegoría gastronómica y recaudan chascarrillos fritos de las sesiones de grupo y los verbatim, que luego utilizarán ingeniosamente en sus bolos y ponencias -ay, esos potboilers vitrocerámicos que asientan en las ferias sus curricula e ingresos extras, titiriteros sin cabra, charlatanes de humilde habilidad repetitiva.

(Una buena selección coleccionable de los caretos de esta tribu puede verse en la web del Ficod 2007, foro internacional de contenidos digitales organizado por el ministerio correspondiente y celebrado hace poco en Madrid).

Alina vaga por un estuario incomprensible, construcciones anormales y puentes pasmosos acechados por suicidas cobardicas. Su espíritu está mustio como un texto de Pessoa y ni siquiera es del tamaño de lo que ve. Disuelta en la ciudad se pregunta quién es toda esa gente, dónde van, para qué sirven, etc. Pasa un anciano que se parece muchísimo a Saramago y está a punto de cometer un indigno acto mitómano, pero se contiene: si al menos estuviera disfrazada con el trajecillo de tergal de los chupatintas de antaño, el sombrero ladeado, el estúpido bigote a la moda...

Pero cuanto piensan los jefes de Alina y sus clientes cualitativistas es erróneo. En los grupos el discurso no fluye triscador y feliz con los únicos objetos de alegrar la vida a los sociólogos ilustrados y enriquecer a los comerciantes que gracias a aquellos han detectado las claves individuales de la angustia del consumo. En los focus groups no se manifiesta el alma social como en una sesión de espiritismo basada en la razón instrumental.

En primer lugar porque los miembros de los grupos siempre son sospechosos: muchos son profesionales que acuden a ellos habitualmente, como el público al programa de ‘Ana Rosa’, y si no lo son, se profesionalizan en el instante de sentarse alrededor de la mesa con refrescos del instituto de investigación. Allí se saben observados y además revestidos de la noble y democrática misión de opinar. En tales condiciones los sujetos nunca exhibirán los secretos de su avaricia, sino roles cristalizados de consenso o crítica, de iniciativa o pasividad (o relacionados con el género y el número de años: la población de heterónimos sociales es escasa y además tan predecible) para los que llevan mucho tiempo entrenados.

¿Pero son al menos prácticos? ¿Ayudan los grupos de discusión a los clientes a planificar rentablemente sus negocios? A veces sí, a veces no. Muchos programas de televisión se han estampado contra la indiferencia de los audímetros pese a la bendición de estudios previos cualitativos bien hechos. Y al revés, otros han triunfado pese a no contar con respaldo de investigación o en contra de la opinión de ésta.

Pero Alina Blues es una profesional de la indagación del mercado. El proyecto en el que trabaja requiere confiar en todas las almas, en todos los nombres que pueda reclutar en la península para el estudio. Será una Mefista bondadosa que sólo desea saber quién, por qué y a qué horas se ven vídeos en los teléfonos móviles. Mira con atención oblicua a los paseantes y le parecen bastante incomprensibles, como si fueran autostopistas galácticos. Y anhela el momento en que alguno de ellos, o su figura intercambiable, esté bajo sus garras mayéuticas en la sala de disección de un focus group. Entonces sus caretas sociales se desharán en la nada como la ceniza del último cigarrillo de Pessoa.

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21 Mayo 2007

La Máquina de Garchar Encuestas

Alina Blues, heroína esquizoide de la verdad y sus ramificaciones alcohólicas, se transustancia en una Chinowskova de laburos mugrientos que a su vez hace el rana en el ecosistema de la investigación social. Luego sus esquizos se unifican y vomita una hipótesis lineal: las encuestas son no más que una regia máquina de garchar.

Aneimo, la patronal de las empresas de investigación de mercados y opinión, fardaba no hace mucho en su web de que sus miembros realizaban cientos de millones de encuestas al año. La cifra era tan descomunal que una de tres: o todos los españoles participan en una media de dos estudios mensuales, o las encuestas se inventan, o se las chupan siempre los mismos -que es lo más probable, pues alguien se percató de la gilada y retiró el dato presumido para no inducir malos pensamientos.

“Viajo cada día a un mundo remoto que parece un solar lisérgico de los años 60. Carros destripados y tipos de mirada perdida. Los suburbios donde el metro cuadrado es tan barato que permite apilar esclavos del curro moderno. Latas y forros usados. El teatro laboral es siempre el mismo: veinte o treinta sombras humanas hacinadas en el espacio de un cagadero optimizado para que el puesto de CATI y los auriculares emitan olores humanos y conocimiento sociológico durante todo el día. Casi como en el metro”.

Ahora la web de Aneimo informa sobre el volumen de negocio del sector (401 millones de euros en 2005, incluidas las empresas no representadas como la poderosa Nielsen), las certificaciones de calidad Aenor de la pradera y los 10.000 empleos que gentilmente mantienen sus empresas, de los cuales unos 6.000 son entrevistadores.

“Desde las alturas de una pecera panóptica, una socióloga con bigote y desilusión pincha nuestras llamadas y comprueba la afinación del proceso industrial, sobre todo si el cliente está con ella. Otros supervisores pasean por el ergástulo y propinan collejas verbales a encuestadores insumisos, despistados o definitivamente torpes. Y aunque no lleves pollera tus rodillas se erizan con los arañazos sebosos de sus miradas”.

Dice Aneimo que más del 80% del volumen de ingresos de los institutos de investigación proviene de estudios básicamente cuantitativos, es decir, encuestas. De ellas, las telefónicas y las realizadas cara a cara aportan la mayor parte del negocio -casi un tercio cada una del flujo total-. Y ya hay un 8% de la pasta que procede de preguntas y respuestas por internet.

“En las galeras hay forzados que son tipos dicharacheros. Llevan el pelo teñido y coleta sintética, pero son siempre pocos. La mayoría del lumpen del CATI es femenina y despliega la etnografía variopinta del extrarradio: la juani aplicada, la mari pechugona, la jesica recién casada que lleva algo de pasta a casa, la pili liberada de cualquier infierno doméstico, la dulce universitaria peruana con el sol inca en la cola, el estudiante de sociología de clase media-baja, el horterilla de barrio que ahorra para tunearse el Ibiza”.

Según Aneimo, el 8% de los estudios de mercado y opinión se relaciona con los medios de comunicación y la publicidad. Como 2005 no fue año electoral, este capítulo no aparece representado, o se camufla en el rubro institucional. La mayor parte del negocio, casi la mitad, corresponde a las manufacturas, es decir los objetos comerciales y las marcas cosificadas que buscan el discurso y los resortes de la seducción consumidora. Euros que viajan de acá para allá tras la pista del deseo.

“La paga es un cerote y el laburo tan creativo como bailar con las vísceras de una vaca muerta. El monstruo del CATI agota pronto el interés humano de las llamadas. Quizá tengas suerte y una anciana simpática te alegre el día, pero son mayoría las entrevistas frustradas por los desconfiados, los ignorantes, los tipos con prisa, los no compasivos, los números que no son hogares. Y es preciso cubrir las cuotas de género y edad antes de que las diez de la noche -la hora cenicienta de la cortesía telefónica- traigan el balance de encuestas válidas que fijan tus ganancias. La caída histórica de la tasa de respuesta nos putea el ingreso. Y entonces nos convertimos en chirusas y bujarrones de hot line por unas horas más. El instituto amortiza salarios y equipamientos, y el lumpen agradecido atrapa otro miserable puñado de euros”.

Aneimo señala que el 51% de la producción del sector deriva de estudios ad hoc, o que responden a necesidades inmediatas y específicas de conocimiento. Un 46% procede de paneles y otras pesquisas continuas, como la vieja audimetría. Las encuestas ómnibus sólo son el 2% del negocio. Lógicamente, los ingresos originados en el uso del sistema como quilombo virtual no se reflejan en las estadísticas oficiales.

“Al menos este estudio no es face to face y por tanto no es necesario salir a patear las jodidas rutas aleatorias de la ciudad, fijadas por un software mapeador imbécil que ignora que esa calle está llena de antiguos talleres habitados por yonquis. Que ignora que está lloviendo y entonces la gente no se molesta ni en abrirte la puerta. Boquean por la mirilla que no ensucies su felpudo y acabas en un bar inventando las respuestas entre aromas de fritanga. Que levante la mano quien no lo haya hecho, en eso tenía razón el comando meapilas infiltrado en el EGM. Y en los barrios elegantes una fauna de monos y perros no te deja ni acercarte al video-portero, así que imaginas los pensamientos y respuestas de sus moradores en el VIPS más cercano. Como el peso neto del status alto es pequeño, basta con inventar vidas e ideas ajenas en sólo diez o doce cuestionarios”.

La web de Aneimo está llena de discursos sobre la calidad y menciones de certificados que la garantizan. ECIM, UNE ISO, SACC son los nombres crípticos de las reglas y procedimientos que han de cumplir los institutos.

“Los encuestadores somos las tuercas de un taller con olor a muerte. Mientras suena el tono del random digital dialing soñamos un instante con otras vidas, otros polvos, tramar una gran venganza para que nos echen y seguir la vida en otros laburos roñosos. Somos la tripa de la maquinaria de la mentira que luego los sociólogos moldean en forma de titular periodístico o línea de acción estratégica. Somos el rabito del sigma en la ficha técnica. Somos la entraña de una máquina de follar ajena”.

Bukowski se acerca en calzoncillos mientras se rasca la tripa peluda con el borde fresco de una lata de Mahou:

-Alina, llamó un tipo para hacerme una encuesta. Vamos a garchar.

-Sí, ahora voy -dice ella-, pero déjame que prometa a mis lectores otra entrega sobre los estudios cualitativos. Mientras tanto podrías entretenerte con la cola mustia de Follanda Narugán, que está por ahí espiándonos con cara de sapo.

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4 Mayo 2007

La jubilación de 'la Muñeca' del chileno Donoso

Alina Blues, husmeadora sistemática de cómics y graffiti del share, cotillea en el mundillo de la investigación de medios y conoce la jubilación anticipada de José Ramón Rubio, ese espejo de la ciencia audimétrica española. Como los objetos artísticos que desaparecen del hogar de los protas de ‘Átomo verde número cinco’ del chileno Donoso, RTVE siempre ha sido tan tonta como para robarse a sí misma sus talentos.

JRR era el entrañable personaje ‘la muñeca’ del chileno Donoso. Un señor maduro con el cutis blanco puta como el de esos actores japoneses expertos en papeles femeninos que fascinan a Mishima. El ideal estético de su representación mundana era una grulla elegante que pasea epigramas por un solar zafio, una grácil cigüeña disecada que narra amarguras en etiquetas de zoólogo.

En el terreno profesional, enseñaba que la esencia de los audímetros es el tiempo, algo que pocos han entendido. Los espectadores carnales, cuya contabilización en millones empalma a los periodistas en sus crónicas televisivas, sólo existen en el reach, que es el puente con los métodos no electrónicos del pasado. La audiencia media es tan fantasmal como ‘la señora’ del chileno Donoso, sólo sabes su nombre el día después de su muerte.

JRR sólo engullía grumos de aire menudos y en su hocico nunca se vio la grasa barragana de los animales bíblicos. Sólo alimentos celestiales, como il comendatore de Don Juan, sólo bebidas espirituales. Igualmente su palabra era leve incluso en la sátira: una voz amanerada de ojeroso bibelot de restaurante chino, que en ocasiones se afilaba en “Chatanooga Choochoo” claqueada por la pareja plegable formada por el chileno Donoso y Astaire.

Tuvo la fortuna de practicar y conocer todos los métodos sociológicos en TVE, cuando el Papa visitó España, épocas felices en que la empresa pública no reparaba en gastos de investigación. Su archivo personal de estudios debe ser un auténtico museo tan desconocido para la plebe como la colección del autor de ‘Naturaleza muerta con cachimba’, del chileno Donoso.

JRR dice en una entrevista póstuma que le dedica ‘El Publicista’: “ojalá me recuerden por mis discípulos”. En realidad le gustaría que en su epitafio figure el símbolo de una inconcreta distinción personal, la figura de un Wilde que mariconea poses y cartoons por lugares de buen tono, y últimamente cojeaba un tanto para que los observadores casuales murmuraran su parecido con Byron. En realidad le gustaría ser recordado, como el Taratuta del chileno Donoso, no por sus vulgares apellidos sino por una epopeya genealógica.

Fue un verdadero apologista de la vaguería: sus informes de audiencia ideales constaban de un página y las largas horas de trabajo debían dedicarse a la ilustración de cada cual, a la recopilación de materiales y derrubios culturales con el noble objetivo de epatar a las becarias. El resto es sudorcillo plebeyo, tarea carbonera de mocho del chileno Donoso.

Frente los poderes audiovisuales y mediáticos, adoptó JRR una actitud ambigua: se arrimó a ellos en procura de cargos y nóminas, pero a hurtadillas los denostaba, al igual que las burguesas aburridas en Viña del Mar del chileno Donoso criticaban a sus esposos puteros sin decidirse a ser jolies madames. Así consiguió ser siempre director de algo y practicar intensamente la holgazanería, su principal virtud en esta tierra, ilustrada gallardamente con caricaturas, frases ingeniosas y cuentos del tamaño de un post-it.

En los másteres y seminarios, esos teatrillos en que los profesionales de la audiencia consolidan sus ahorros, nunca usó una presentación de respaldo. Pese a no ser catedrático en las nuevas universidades del sur de Madrid, desgranaba brillantes clases a pelo en una época en que hasta algunos curas imparten misa con soporte power-point. Y al terminar se evaporaba sin respetar horarios ni convenciones, como la libidinosa marquesita de Loria del chileno Donoso tras cepillarse a un contable moribundo.

En su fiesta de despedida, los vetustos pellejos de la investigación de audiencia española movían la patita zombie al ritmo de la música moderna y los jóvenes cachorros buscaban acomodos laborables, como los rotos de ‘Sueños de mala muerte’ del chileno Donoso, en busca de un nicho funerario sustituto del pisito imposible. Pero José Ramón Rubio, en realidad más bolañista que donosista, musitaba una sola frase: “Soñé que hacía un 69 con Molanda Yarugán sobre una enorme losa de basalto”.

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1 Abril 2007

Tengo una Pregunta para Sawa

Alina Blues, traviesa fontanera de los túneles que conectan los tiempos y conciencias, sabe que su cerebro es un racimo de cosas y lecturas, ovarios de símbolos verdes amontonados en un orden sólo geométrico para la vista. La noosfera posee una topografía extraña.

Los libros digitales de origen antiguo, esos jubilados que ya ganaron la sutil libertad de no devengar derechos comerciales, refrescan cual botes de cerveza sin marca -desde Cervantes Virtual y otros sitios- las uvas mentales siempre resecas de los lectores compulsivos. Y permiten también el juego falaz del viaje etéreo por los ascensores de la historia y el lenguaje.

A tal juego se presta por ejemplo el amargo Alejandro Sawa, un escritor raro que dejó de escupir en las aceras madrileñas hace ahora un siglo.

El cráneo privilegiado del saber wikipédico dice de él que inspiró la figura de uno o dos protagonistas de ‘Luces de Bohemia’, y sin duda conocía desde su ceguera y su hambre los secretos accesos de la torre de los siete jorobados.

Lo que la Wikipedia aún ignora, hasta que Alina se decida a subirla, es que existe una vieja fotografía que enseña a Sawa y Carrere sujetándose mutuamente ebriedades y miserias en una sucia calle del centro, como si fueran los arquitrabes barbudos de un mundo un poco romántico e imposible.

En ‘Iluminaciones en la Sombra’, ejercicio de diario o memorias, Sawa dejó descripciones del clima social de Madrid que ya tienen un siglo. Pero no hay fotografías ni textos de Sawa en la costosa campaña preelectoral de su actual alcalde: “qué pasaría si nunca pasara nada”.

Quizá, desde los tiempos de Sawa, la ciudad haya avanzado en tasa de alfabetización e higiene urbanística, pero sigue siendo socialmente imbécil y físicamente maltratadora.

No hay diferencia entre una calle embarrada de lodo y otra sucia de tráfico y ruido, entre el obrero miserable con su ajuar apilado en una esquina y el temeroso hipotecado contemporáneo, entre el famélico iletrado y el cebado ciudadano actual que saben leer pero no lo hace.

Una iluminación de Sawa se refiere a las preocupaciones de la gente mientras la guerra de Cuba desangra el país: los periódicos y sus lectores disimulan los problemas con la crónica social. Los arqueólogos futuros de los actuales contenidos del corazón televisivo tienen quizá aquí un hito en su indagación.

Otra lúcida visión de Sawa atañe a los tipejos a quienes la ciudad levanta estatuas o dedica nombres de calles: políticos de ocasión a quienes un par de años borran de la memoria, militares ineptos, monarcas de valor incierto, espabilados diversos que han comprendido la sencilla maquinaria del dinero...

La fugaz televisión ha tomado el lugar de las concretas estatuas en esa función de reconocimiento social. El bronce tan del gusto de las palomas municipales ha sido reemplazado por el escaparate incorpóreo de la televisión, pero quienes ahora gozan del status catódico no son fenotipos tan diferentes de aquellos. Incluido Gallardón. En esto tampoco ha pasado nada, la pesadilla sociológica sigue idéntica a sí misma a pesar del tiempo y los pícaros claims del márketing.

Así que Alina tiene una pregunta para Sawa, como si éste fuera el presidente de un gobierno utópico y vinoso: ¿qué pasaría si alguna vez pasara algo?

La estirpe bastarda de Lucas Trapaza sigue bien asentada en el querido país adoptivo de Alina. El programa de preguntas al presidente cuya audiencia -casi 6 millones de espectadores- tanto enorgulleció a TVE y al gobierno durante la pasada semana, también es sospechoso de timo.

TNS, la empresa que mide las audiencias televisivas en España, fue también quien reclutó a los democráticos representantes de la plebe en la entrevista. Los demás canales sospechan ahora que la leva se produjo entre las familias con audímetro, a cambio de bocadillo de navidul y camiseta, lo que habría favorecido la inusual audiencia del prócer: lógicamente, las familias audimetrizadas no se perderían la presencia de uno de sus miembros en la tele.

Los factores de elevación de cien familias participantes en el pánel podrían explicar hasta 1.5 millones de la audiencia media del programa, probablemente la sección más fiel y comprometida. En una trapacería completa, TNS habría seleccionado a miembros de familias numerosas, con lo que la parte tramposa de la audiencia de la entrevista sería de al menos 3 millones.

Alina tiene otra pregunta para Sawa: ¿Qué pasaría si alguna vez desterráramos a los grasientos pillos y urdemalas que rigen nuestros destinos?

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12 Marzo 2007

La Botella de Plata

Alina Blues -concha poetisa- divaga acerca de las metáforas más adecuadas para la televisión del presente. En sus mapas mentales ahumados con hierba aparece primero el trencadís, esa técnica de Gaudí para construir dragones, sombras de guerreros del Siam o columnatas falsamente egipcias con despojos de cerámica brillante.

Sí, el razonamiento estético es correcto, la operación viable. Las parrillas de programación son mosaicos de luz sin más objetivo que la fascinación, trozos de imágenes con ritmo seleccionadas por un discjockey demente para deslumbrar a sus fieles, lugar consagrado a los parpadeos que mezcla en un torbellino fosforescente los sentidos informativos, ficcionales y comerciales.

La risa disparatada al lado de la muerte, el discurso pringoso del político junto al último síndrome de Diógenes, el luciente estreno de Hollywood de la mano de las masacres afganas, las carcajadas de Aída pegadas a la mirada de zorro astuto de Urdaci, las ballenas muertas de un mundo que se deshace junto a la última tecnología para el ocio, la imagen de color creativo en transición de morphing hacia el bigote con caspa de un maltratador. (Respira, Alina).

Ya no es necesaria la práctica de un zapping convulsivo, cada canal en sí mismo es trencadís. En consecuencia los géneros puros desaparecen, cada programa amontona manieristamente sentidos y alusiones, imágenes y sonidos, con la única argamasa de las series interminables de anuncios que muestran a tipejos felices y dinámicos en mundos coloridos. El último género puro que resta es el publicitario.

Las representaciones publicitarias son tan evidentemente engañosas que nadie cree en ellas, pero se toleran como último refugio del significado televisivo. Allí nadie es tramposo: las marcas sólo quieren tus cuotas mensuales, tu fidelidad como cliente, su cómoda estancia en el extremo más espontáneo de tu mente. Nadie te engaña porque sólo quieren tu alma en forma de moneda.

Alina incinera otro cigarrito de maría y su mente, analítica y portentosa, descubre una nueva analogía. ¿Cómo era aquel cuento de Capote donde un chaval pasaba horas contando las monedas que albergaba un frasco de cristal sobre la barra de un bar, para ganárselo como premio y comprar una dentadura postiza a su hermanita sifilítica?

Sí, la televisión es una botella de plata de las cosas del mundo, todas ellas igualadas y reducidas a la calidad de cromo audiovisual, colección de chapas todas del mismo tamaño e idéntica textura. La teoría de los medios como reflejo de la realidad flota como un desecho tóxico en el río de la historia, y la hipótesis de los medios como conformadores del orden babosea cerveza en el último bar del barrio. Ni McLuhan ni Bustamante (don Enrique) han entendido nada.

Alina sabe ahora que en el tubo catódico de plata alguien -nadie atosigante ni extraño, meros tenderos del ocio y el anuncio- se encarga de introducir en pedazos todas las imágenes del universo, para luego pasarlos por la batidora del zapping, el tiempo y la sagrada decisión del consumidor.

La cuestión es sólo entretener y pasar el rato con secuencias, con bromas visuales, con diálogos de ilustración perdida. Sólo el analista imbécil que sea capaz de pasar varios meses mirando incansable el otro lado del cristal tendrá, si acaso, el premio del significado.

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5 Marzo 2007

Etchenaik y la fragmentación de la audiencia

Alina Blues, siempre paseando por el filo aceitoso de la actualidad, aprovecha el fin de semana para leer los informes mensuales de audiencia de Barlovento y Corporación Multimedia, se apunta los recién editados datos de inversión publicitaria de Infoadex, y le echa un ojo a la polémica sobre Mercedes Milá y su programa sobre malos tratos en guarderías. ¡Qué güevos la piba, siempre dando guerra!

-Mientras los informes de audiencia repiten hasta el cansancio las palabras erosión y fragmentación, las cifras de inversión publicitaria se mantienen como el granito, en un solo bloque. He aquí un curioso enigma para el gran Etchenaik, ese memorable detective platense -piensa Alina mientras conecta con el tipo en los fluidos ámbitos de la noosfera.

-La fragmentación de la audiencia de televisión es evidente -prosigue ella-. Los programas más populares, excepto el fútbol, tienden a perder espectadores, la cadena líder ya está por debajo del share 20%, y en los informes de audiencia de Sofres cada vez pululan más actores, cadenas, plataformas y operadores.

Etchenaik ya tiene las pistas básicas, pero pide un motivo mientras arroja un cigarrillo con un tipo de arco copiado lteralmente de una película de serie B.

-Es evidente -le contesta Alina-, más canales, más opciones, otros modos de uso del tiempo de la peña. Demasiadas visitas a los sitios de vídeos personales e imágenes en los celulares, vos sabés. Todo confabula para la fragmentación.

-¿Y las consecuencias? ¿A quién beneficia esos desplazamientos de los espectadores? -pregunta el sagaz investigador según el método de Chandler.

-Bueno, hay varias respuestas posibles -medita Alina como para sí misma-. La primera, sumamente positiva, es que la fragmentación limita los monopolios de información. Ya no hay mayorías absolutas para ningún canal, ni público ni privado. La audiencia es un mosaico frente a la cual, si alguien tuviera perversas intenciones de manipulación masiva, tendría serias dificultades.

Etchenaik se ceba un mate y escucha los resultados de la liga de fútbol.

-Pucha, volvió a empatar Boca.

-Y el Madrid. Pero lo más sorprendente -prosigue Alina- es que la inversión publicitaria no se desliza tanto como los espectadores. Mirá los datos de Infoadex para 2006: el 97% de la guita sigue en manos de los canales abiertos, cuando ya sólo tienen el 87% de la audiencia. Y en cuanto a los ingresos totales del medio, éstos se incrementan justo en la medida de los ingresos de Cuatro y La Sexta.

Etchenaik reflexiona durante unos segundos, que aprovecha para preparar un par de gin-tonics a modo de ayuda externa de su razonamiento.

-¡Qué original flexibilidad del mercado! ¿Y cómo se ha comportado la pendeja power ratio? -dice al fin con expresión impropia.

-Sin grandes cambios -dice ella-. Ha aumentado un poco en Telecinco, Antena 3 y las autonómicas (pese al fuerte descenso en los ingresos de éstas). En Cuatro se acerca a 100 a pasos agigantados (ya sabés, su share está aún en el límite de la penalización minoritaria) y en la Sexta ha sido del 84, pero la cifra es muy positiva con respecto a los GRPs producidos, como recuerda la propia nota de prensa de Infoadex.

-Así que los grandes canales pierden audiencia pero ganan cada vez más pasta -concluye Etchenaik como si acabara de arrojar ante los ojos del inspector jefe la resolución de un caso criminal tremendamente complicado.

-Eso es. Como explicaré en mi libro, ‘Manual de Investigación para Becarios’, las audiencias se revalorizan en la fragmentación, los GRPs aumentan su valor aunque sean menos. Los canales pequeños pero segmentados, como Cuatro, pueden obtener un plus por poseer una audiencia de calidad comercial, y los grandes canales pueden hacer valer tanto su masa como su cobertura: como son de visión obligada, sólo ellos llegan a prácticamente toda la población al cabo de una semana.

-Hummm, esperaré ansioso la edición. Pero mientras tanto, ¿qué ocurre con los canales temáticos? -pregunta Etchenaik con el interés adormecido mientras hojea un libro de Juan Madrid.

-Ahí están, -señala Alina- con casi 45 millones de euros ingresados en el año y una audiencia total cercana al 10%. Por cierto, los canales temáticos ya han superado en 2006 al cine en volumen publicitario.

-Pobre cine... pobre cine negro. Pobres sueños rotos de gángstersduros, rubias platino y camareros gallegos. Ese noble arte sigue sin duda el camino de otros espectáculos perdidos en el tiempo: el circo, los titiriteros ambulantes, o los freaks feriantes capaces de cálculos inverosímiles. Por cierto, he descubierto uno de los libros en que deben inspirarse los guionistas de ‘House’ -presume Etchenaik.

-Contáme.

-‘El hombre que confundió a su mujer con un sombrero’, de un neurólogo sajón llamado Oliver Sacks. El tipo convierte en literatura algunos casos interesantes de su especialidad, con intención de humanizar la ciencia, o según sus palabras, de inventar una ‘ciencia romántica’. Allí aparecen el síndrome de Korsakov, la ancianita sifilítica con el cerebro lascivo, el tipo con una radio en la cabeza...

La conexión noosférica se cierra en un lento fundido de halcón maltés. Alina Blues se zampa ávida el libro de Sacks y guarda la imagen de los tipos que extrañan su propio cuerpo hasta ser ciertamente seres descarnados, y también con la ternura de los sabios idiotas, de los niños como Rain Man que por debajo de su incapacidad para el mundoguardan quizá una lógica infinita de números primos y pájaros transparentes.

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2 Marzo 2007

No yo no soy no tonto no

Los detectores paranoico-críticos de Alina Blues -buceadora sutil de los engaños de la comunicación- empezaron a lanzar destellos como un tripi caducado en cuanto observó tres coincidencias televisivas en apenas unos días.

Primero, el novato presidente de la corporación de la tele pública descarta la emisión de una entrevista del perro verde de la colina con butanito de la calzada, con lo que la sombra de la censura pasa rápidamente a internet y otros canales se apresuran a montar y explotar el quilombo. Dinerito y notoriedad para ese señor calvo tan vetado, y manos limpias para TVE, que se queda con los insultos y se descarga sutilmente de las críticas a la oposición.

Segundo, el instituto de la mujer lanza un tremendo anatema sobre una fotografía publicitaria de una marca italiana de moda, con lo que las masas digitales corren hacia Google en demanda del fruto prohibido. La imagen debía ser tan terrible que muchos buscaron mediante la combinación D&G + gore + terrorismo de género. Pero oh decepción, en la foto sólo había unos chicos jugando al teto en una escena de la que pueden imaginarse treinta y siete situaciones garchantes. Publicidad por la cara para los modistos.

Tercero, un canal que viste de verde -y no precisamente en D&G- lanza un spot sobre el próximo partido Madrid-Barça donde un tipejo se despanzurra en un coche y luego resucita para no perderse el evento. El gobierno solicita a Milikito la retirada del anuncio, a lo que éste accede gustoso para no contaminar con chistes macabros los serios esfuerzos de la dirección general de tráfico, pero Youtube y los blogs multiplican el videoclip. Promoción viral gratis para La Sexta y su partido.

Alina Blues, acostumbrada a los caminos bifurcados del ajedrez y la literatura, sabía que el truco no era nuevo, pero sospechó que su reiteración debía constituir una nueva tendencia en la comunicación audiovisual. La búsqueda intencionada de un NO institucional para relanzar el mensaje, amplificarlo e inyectarlo por los venas de los nuevos medios con la carga de un interés renovado. Los teóricos polvorientos dirían: el NO es el mensaje.

La enunciación directa y evidente ya no se usa ni en política ni en publicidad -vote a tal, compre esto-, excepto en las campañas de Mediamarkt y algunos detergentes. Y las arduas metáforas conceptuales de las compañías tecnológicas y automovilistas parecen cada vez más agotadas: las mismas imágenes ecológicas, interraciales y de babosos valores positivos sirven para promover cualquier cosa y ya no generan diferencias entre marcas.

El paso siguiente de la comunicación intencionada es la incorporación de noes sucesivos -éticos, estéticos o legales- en los discursos o proclamas que utilizan los medios de comunicación. Noes que funcionan como diques que derivan el flujo de una información interesada hacia los lugares -digitales o de la conciencia del consumidor- deseados por el gil que la promueve.

La técnica, un poco perversa, necesita la implicación activa del usuario, como quieren los principios del nuevo márketing: no sólo le obliga a buscar el mensaje, sino que le presupone un avispado: la información interesada deja de ser una pieza inerte en boca de un político, un talibán o un publicista y adquiere el don de la palabra: “tú no eres tonto, búscame”. Como el pelotudo del anuncio -que dice no ser tonto pero lo parece- pero dos grados más sutil.

El problema es que la superposición de los espejos de las negaciones acaba por afirmar, o no, también depende del idioma. Y que las propias imágenes tienen una increíble capacidad para la falacia, como cavilaba Magritte con su figura de la pipa que no es una pipa. Y que tras la fingida ingenuidad de muchos blogs está el interés de un comerciante de productos o ideologías.

El sueño de cualquier manipulador de la comunicación es lograr que el destinatario final del mensaje busque con sus propios esfuerzos y recursos una información para auto-impactarse. En esa situación, facilitada por los medios digitales, el usuario es un tonto muy tonto. La próxima vez que reciba un ‘pásalo’ en el móvil, una noticia de censura junto con un link, o cualquier otra iniciativa que apele a las masas inteligentes, Alina Blues se pondrá en guardia y meditará sus siguientes pasos digitales, por si acaso se descubre de repente como protagonista de un anuncio de Mediamarkt.

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